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Textos_Contra la incontinencia urbana_Oriol Bohigas_[01]
12 abril, 2008, 5:15 pm
Filed under: textos

CONTRA LA INCONTINENCIA URBANA. RECONSIDERACIÓN MORAL DE LA ARQUITECTUARA Y LA CIUDAD [01]

ORIOL BOHIGAS

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LA CIUDAD, UN LUGAR (Oriol Bohigas)

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No empezaré con la pedantería de definir qué es la ciudad, entre otras razones porque no soy partidario de esa clase de definiciones y porque es imposible resumir en pocos rasgos todas las ciudades y todas las épocas en las cuales la misma ciudad se ha expresado y configurado. Se me ocurre solamente una característica que parece evidente en todas las circunstancias territoriales y temporales: la ciudad suele ser el lugar físico y social en el que se producen las máximas -o quizá mejores- posibilidades de información., de comunicación y de alcanzar inmediatamente los resultados de esa información. Es decir, además de otras condiciones esenciales para la vida colectiva, la ciudad es el lugar donde coinciden físicamente más cosas, donde las cosas se encuentran más a mano y donde la proximidad organizada estructura el programa de una vida política. No me costaría mucho añadir que esas son precisamente algunas de las condiciones indispensables para vivir democráticamente, siempre que entendamos por democracia un sistema político de libertad y, sobre todo, de igualdad de derechos, las obligaciones y las oportunidades, algo todavía muy distante de lo que hoy se llama “democracia”.

Las últimas conquistas tecnológicas han permitido a algunos geógrafos urbanos, sociólogos y urbanistas presumir que, para alcanzar esas condiciones, no era necesario que la ciudad fuera un lugar y que, por tanto, en la civilización actual, la ciudad, tal y como ha estado configurada a través de la historia, ya no era un escenario indispensable. Las distintas vertientes telemáticas permitirían unos niveles de comunicación que la podrían sustituir sobradamente, y la forma de vida más adecuada sería la de la ciudad “sin lugar”, la ciudad difusa, la ciudad informal, la ciudad establecida solamente por la conjunción virtual de individualidades dispersas. No creo que esa idea venga solo de las nuevas ofertas tecnológicas: las ideas antiurbanas vienen de muy lejos y se mantienen en distintas culturas. A finales del siglo XIX y a lo largo del la primera mitad del XX, hay una larga muestra de propuestas de suburbanización o de antiurbanidad que casi siempre arrancan de un ideología social progresista pero acaban en el establecimiento de fórmulas conservadoras que intentan desintegrar la esencia colectiva de la ciudad. Es un itinerario que viene marcado desde las buenas intenciones del garden cities inglesas hasta el desquiciamiento de las periferias urbanas, los polígonos y las urbanizaciones cerradas, ofrecidas a la promoción de las clases medias e incluso de las más adineradas. Hoy, los defensores de la ciudad difusa lo son por un clara ideología conservadora o porque disfrutan de los beneficios privados en los procesos especulativos de nuevos terrenos edificables.

Creer que las redes telemáticas pueden sustituir la ciudad es olvidar un aspecto importante. En la ciudad no solo existen facilidades para encontrar, sino también la de encontrar sin buscar, utilizando la casualidad, con todos sus entramados e interacciones. La ciudad es a la vez provocadora y seleccionadora de las casualidades de información y de accesibilidad, y ello resulta posible porque se trata de una acumulación productiva, de una confluencia incluso conflictiva; si se quiere, de un auténtico sistema ecológico el cual se incluye la artificialidad de la cultura y la civilización. Por otra parte, en ese sistema ecológico – utilizando el adjetivo de manera un poco heterodoxa-, debe haber muchos factores que provienen de una realidad natural, ciertamente incontrovertible. Nos lo han de decir los antropólogos y los sociólogos, pero, en principio ¿no creemos que los hombres y las mujeres poseen por naturaleza una condición que los hace tender al agrupamiento, a las estructuras tribales? Estas estructuras, por razones culturales -y por los cambios que ha conquistado para ellas la civilización- ya no tienen lugar en sistemas ecológicos absolutamente naturales y espontáneos, sino que reclaman un entorno especial que las cohesione y las haga interactuar. La ciudad, quizá más que la nación, es la culminación de unas nuevas identidades de grupo indispensables para pasar de la vida “bárbara” a la vida “civilizada”.

Por eso cuando me preguntan cómo será la ciudad del futuro -una pregunta inútil y, sobretodo, demasiado frívola cuando se incluye en las entrevistas periodísticas-, casi siempre contesto que será más o menos como la de ahora pero con mejoras y reformas concretas, porque no puede ser muy diferente. Ser ciudad implica unas condiciones que permanecen y permanecerán a través de la historia. Lo que puede pasar -y seguramente pasará- es que haya otras clases de asentamientos humanos y que incluso las ciudades desaparezcan en un cataclismo de desorden social. Sin embargo, esos nuevos asentamientos, si no son muy parecidos a los tradicionales, no serán ciudad, y los problemas, los conceptos y los imaginarios serán muy distintos. (El arquitecto Ricardo Aroca ha dicho que no es necesario que nos preocupemos de la ciudad del futuro, sino del futuro de nuestras ciudades.)…


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