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Textos_Arquitextos_Grossman_[01]
5 abril, 2008, 4:14 pm
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ARQUITEXTOS [01]

LUIS J. GROSSMAN

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BUENOS AIRES Y LA TEORÍA DEL “NO LUGAR” (Luis J. Grssman)

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En un trabajo titulado “Espacio y alteridad”, el teórico francés Marc Augé plantea un concepto novedoso que puede resultar muy útil a la hora de revisar y calificar los espacios arquitectónicos urbanos.

Se trata del “no-lugar” […]

Para aclarar muy en síntesis la idea de Augé puede decirse que son “no-lugares” aquellos sitios en los cuales el usuario no encuentra relación alguna de historia, de pertenencia o afectiva. Así, desde una cabina telefónica a una autopista, desde una estación de subterráneo a un aeropuerto, desde un shopping centre a una estación de servicio, estamos ante casos típicos de “no-lugar”.

Esta denominación no implica necesariamente un juicio negativo: es razonable que una ciudad contenga lugares y no-lugares (apropiándonos ya del rótulo de Augé), pero hay que reivindicar para la calle –esa pieza básica del diseño urbano- la categoría de auténtico lugar, porque contiene los ingredientes aludidos más arriba en diferentes niveles (historia, pertenencia y, en muchos casos, afecto), aunque desde hace tanto tiempo ha sido tan maltratado. Y al respecto viene a la memoria el caso del Pasaje Seaver y la autopista 9 de Julio.

Como el Pasaje Seaver pertenece ya al registro de los memoriosos, habrá que recordar una hermosas escalinata que bajaba desde la calle Posadas, se recorría después de una cuadra para llegar a la avenida del Libertador. Esa cuadra era el pasaje al que me refiero, con un clima especial, casi provinciano, por la calma y las proporciones de los edificios que lo flanqueaban, donde jugaban los chicos de los alrededores a salvo de los peligros del tránsito de las arterias céntricas.

Nadie discutiría, pues, que el Pasaje Seaver era un auténtico lugar situado entre el Socorro y la Recoleta, un sitio en el que se ubicaban ateliers de pintores y fotógrafos notables junto con escritores y periodistas.

En esa ubicación hay ahora una estación de servicio (no-lugar) instalada debajo de una autopista (no-lugar). No se vea en estas líneas un tono meramente nostálgico, pero lo que la ciudad no hace (y ese es el núcleo de esta nota) es crear las condiciones de existencia y realización del hombre urbano.

Para eso deberían mejorarse las cualidades de uso y mantenimiento de los espacios, lo que comienza por las calles y plazas.

[…] ¿Qué obra hizo Buenos Aires para crear las condiciones de existencia y realización del hombre urbano?

Porque ni Florida ni Lavalle pueden entrar en lo que se da en llamar “áreas peatonales”, son simples corredores para el movimiento de peatones que carecen de lugares para sentarse, estar o encontrarse, para reposar o detenerse. En Buenos Aires nadie puede sentarse en la calle a menos que tenga dinero para pagar un café u otro berbaje.

Quizá se entienda ahora un poco mejor a qué me refiero cuando hablo de “lugarizar” la ciudad.

 

ACERCA DEL PROBLEMA DEL TRÁNSITO (Luis J. Grssman)

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[…] Aumentar la cantidad de estacionamientos subterráneos parece ser una de las prioridades en la escala de valores de la máxima autoridad municipal, y eso motiva nuestra alarma.

[…] más que emprender líneas claras y definidas encaminadas al mejoramiento del transporte colectivo y marcar esta tendencia, se vuelve al recurrente argumento de aumentar los estacionamientos subterráneos en la zona céntrica.

Si el objetivo es mejorar las condiciones de vida de la ciudad, incentivar el acceso de automovilistas puede resultar un factor regresivo.

[Jan] Ghel relató una historia contada en los Estados Unidos que es, me parece, muy ilustrativa a propósito del asunto que intentamos exponer. Un señor, al comprobar que un zorrino se introdujo en el sótano de su casa, llama a un amigo para pedir su consejo y desembarazarse de esa pestilente presencia. El amigo le sugiere esperar a la noche y colocar una hilera de trocitos de pan en dirección al bosque vecino: de esa manera, el zorrino volvería allí de donde había venido. Así lo hizo el protagonista de la historia y, a la mañana siguiente, el intruso se había marchado. La sorpresa fue que esa noche no había un zorrino en el sótano: había dos.


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